jueves, junio 22, 2006

Arrivederci

Lo primero que Lenny notó al despertar, era un intenso calambre que le recorría de abajo a arriba los músculos de la espalda. Tenía la boca pastosa, los ojos legañosos, y le dolía todo el cuerpo por la postura en la cual había pasado la noche.
*Maledizione! Necesito un masajista*
Lenny se incorporó. Había pasado la mañana durmiendo en la hierba, tras caminar hasta donde le permitieron los pies y el sueño inundó su mente. Estiró todo lo que pudo las extremidades de su desgarbado cuerpo cuan largas eran hasta escuchar el característico "¡crac!". Con pasos pesados y lentos, se acercó a una fuente próxima mientras bostezaba, y se acuclilló frente al grifo.
El agua brotaba, al principio marrón, y más tarde semitransparente, con la fuerza que le producía la presión interna. Lenny se enjuagó la boca para quitarse el mal sabor que le producía su saliva, y se refrescó la cara con el líquido. Tras asearse como buenamente pudo, miró desilusionado a su entorno, como buscando un cepillo de dientes y una toalla. Tras unos instantes de pereza, volvió a levantarse y se encaminó hacia su jersey, que lo había utilizado como almohada para dormir.
El sol había despuntado hacía varias horas, y pegaba con fuerza sobre la blanca piel de Lenny. Varios transeúntes terminaban su paseo matinal, y al pasar por el camino junto a él le miraban curiosos, algunos riendo, otros con indiferencia, y alguno, haciendo gala de su arrogancia, soltó algún comentario despectivo que Lenny alcanzó a escuchar "¡¡Quegli adolescenti pazzeschi..!!".
La piel de Lenny ardía, pidiendo a gritos un poco de sombra. Su estómago rugió, y el pobre Lenny experimentó, tras su relajada caminata nocturna, una avalancha de urgencias con las que no contaba. Recogió sus cosas, e hizo un análisis de la situación. Necesitaba aseo, desayuno, un baño, y tenía que preparar su equipaje. Estaba aproximadamente a 3 horas a pie de su casa, y como prácticamente ya era mediodía, decidió que no podía permitirse regresar a pie.
Se saltó el desayuno para pasar directamente a la comida. Paró en un restaurante de comida mala llamado "I denti grassi" y se comió una ensalada gigantesca acompañada de un par de vasos de zumo de naranja. Estaba cansado de esos puestos de pizza malos que entusiasmaban a los turistas. Observó como dos personas se abrazaban, un hombre y una mujer, antes de que esta subiera al tassì.
-Arrivederci, Paul, di ciao di voi.
-Arrivederci....
El coche emitió un rugido al tiempo que la puerta trasera se cerraba. La mujer, sonreía por la ventana mientras se despedía dulcemente con la mano, al tiempo que el coche formaba una suave curva para alejarse de la acera e incorporarse al tráfico. Lenny observó el fondo de su vaso, en el que quedaban restos del recuerdo del zumo que acababa de tomar. Melancólico, se preguntaba si alguien lo echaría de menos, y entonces pensó que no podría salir de Italia sin despedirse de Isabelle.
Con cierta urgencia, indicó al camarero que se aproximase a su mesa para cobrarle la comida, y tan pronto como hubo abonado su precio se encaminó hacia una calle de tiendas. Encontró una que le llamó la atención, "Agua de la luna", en la que vendían numerosos artículos de regalos, que descansaban colocados en hileras de estanterías, o expuestos en el escaparate, cada uno con un pequeño trozo de papel que indicaba los euros que costaba, atado con un pequeño cordel.
Lenny empujó la puerta de cristal, que produjo un suave tintineo al chocar con unas campanas colgadas del techo junto a ella. Las paredes estaban decoradas con colores cálidos y colores fríos, contrastando en perfecta armonía, y diviendo la tienda en dos. Maravillas listas para regalar se reflejaban en los ojos de Lenny. Diarios de cuero, plumas, figuras de porcelana de todo tipo, artesanía, plantas, inciensos, ropa, tarjetas, velas... Lo primero que captó la atención de Lenny fue el intenso olor que se concentraba en aquella sala. Era un olor agradable, relajante, y a la vez incitaba a mirarlo todo con gran interés. Sus ojos recorrieron uno por uno todos aquellos objetos cien veces manoseados por curiosos y viajeros, y su atención se centró en (como no) una figurita de porcelana pintada a mano.
La figura representaba a una mujer de edad muy avanzada. Su cuerpo, su cara, sus arrugas, incluso su ropa desgastada, indicaba el cansancio de una vida entera de trabajo y dedicación. Sin embargo, su postura vital, y la expresión amable de su cara transmitían gran energía. Sus ojos irradiaban bondad y sabiduría, y alrededor de aquella anciana mujer se encontraban 5 bebés jugando a gatas por el suelo. Una chimenea con una sopa a medio preparar, un ovillo de lana descansaba sobre las rodillas de la mujer, esperando terminar un suéter verde que cosía para alguno de esos niños. Aunque el suelo parecía rústico, todo gozaba de un orden y una limpieza que sólo una mujer activa sabe dar. Esa imagen, una imagen protectora, atenta, capaz y bondadosa, era la imagen que Lenny guardaba de Isabelle. Y no se le ocurrió mejor forma de agradecerle todo lo que hizo por él que regalándosela.
La estatua medía 15 cm´s de altura, y era bastante cara-*Pero si voy a estar con Jenny no me faltará el dinero*-, así que Lenny tuvo que sacar todo su dinero, temiendo que no le quedase ni para el transporte que necesitaba. Sin embargo, fue suficiente.

Faltaba media hora para que su avión saliese, y Lenny acababa de terminar con la organización de la casa. A pesar de ser un hogar con escasa decoración, se sorprendió por la cantidad de tiempo que le costó colocar, guardar, barrer y fregar. Como sabía que no volverían en mucho tiempo, tapó todos los muebles con sábanas blancas, y cerró ventanas y persianas. Cortó el agua, el gas y la luz, y echó un último vistazo a su casa, que tenía un aspecto mucho más triste del que solía tener. "Me dejas sola", parecía decir cada rincón del oscuro apartamento, y Lenny sintió una punzada de angustia cuando comprendió que, de algún modo, de iba para siempre.
Él suponía que volvería en un futuro, pero sería más mayor, mucho más maduro. La experiencia habría marcado su vida, variado su comportamiento, y modificado radicalmente su forma de ver y de pensar. Su cuerpo habría terminado de desarrollarse, y sería más alto y fuerte cuando regresase. De algún modo, el joven Lenny que cerraba la puerta de su casa y echaba un último vistazo a la desconchada y amarillenta pared, nunca volvería.
Y eso, sin duda, le hacía aún más difícil despedirse de Isabelle.
Bajó las escaleras con un torrente de pensamientos y sentimientos persiguiéndole, y se detuvo frente a la puerta de su vecina, su amiga, su madre. Tragó saliva, y se acercó para llamar al timbre. La puerta se abrió antes de que sus dedos llegasen a rozar el plástico, y el rostro amable de Isabelle apareció tras la madera.
-Ay, piccolo, pensé que ya no ibas a venir a despedirte de tu pobre Isabelle... Pasa, pasa...